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Las juventudes de Benjamin Franklin


Benjamin Franklin (centro) y los líderes del movimient o de juventudes revolucionarias a los que él
inspiró (desde arriba, de izq. a der.): John Quincy Adams, Alexander Hamilton, el marqués de Lafayette, Mathew Carey, James Madison, John Marshall y James Monroe.

por Nancy Spannaus

La decisión de Lyndon LaRouche, la figura científica y política más destacada de nuestra época, de formar, a sus 80 años de edad, un movimiento internacional de juventudes como instrumento absolutamente esencial para el éxito de sus esfuerzos de alejar a los Estados Unidos, y al mundo, del abismo de una nueva Era de Tinieblas, ha dado pie a nuevas y fascinantes interrogantes sobre el papel de los movimientos de juventudes en la historia. Como LaRouche mismo ha dicho, es claro que, como las revoluciones, no todos los movimientos de juventudes han representado fuerzas positivas para la humanidad. Pero hay un ejemplo importante de un movimiento indispensable de juventudes que desempeñó un papel positivo: el de la Revolución Americana.

Las pruebas son sorprendentes, pero innegables. Debes empezar por entender que Benjamin Franklin, nacido en 1706, fue el principal organizador del movimiento revolucionario americano. Él representó la síntesis de la calidad de pensamiento científico y político, así como de la habilidad organizativa, que derivó del concepto del Renacimiento sobre el hombre y la sociedad, que comprendía el hecho de que el progreso humano exige la creación de una comunidad de repúblicas basada en el concepto del hombre como un individuo pensante y creativo. Desde su adolescencia, Franklin se convirtió en un agente de aquellas redes internacionales que entendieron que era en las colonias americanas donde podía hacerse un avance para lograr la creación de una sociedad basada en tales ideas.

Franklin trabajó por décadas, aunque sin éxito inmediato, en unificar a las colonias americanas en torno a esa idea. Esa unificación no se dio sino hasta los 1770–1790, y la concretó la generación de sus nietos, un movimiento de juventudes por excelencia.

Por supuesto, hubo intermediarios; colaboradores decisivos de Franklin y organizadores de la nación como George Washington, (nacido en 1732), John Adams (en 1735) y Tom Paine (en 1737), entre otros. Pero los "meros meros" del movimiento revolucionario americano de 1776, y su progresión hacia el establecimiento de la Constitución de los EU, surgieron en su gran mayoría de la generación nacida en los 1750 y 1760, dos generaciones después de la de Franklin. Es más, era un grupo internacional. Veamos la siguiente lista:

• Alexander Hamilton, nacido en 1755.

• El marqués de Lafayette, en 1757.

• Mathew Carey, en 1760.

• John Quincy Adams, en 1767.

• James Monroe, en 1758.

• John Marshall, en 1755.

• James Madison, en 1751.

¿Sorprendido? No deberías estarlo. La Revolución Americana y la elaboración de su Constitución representan la calidad de devoción a principios fundamentales característica de los movimientos de jóvenes que no han renunciado a sus ideales, y que están decididos a luchar contra la "forma anquilosada de hacer las cosas" que por lo general obstaculiza el progreso. Es dicha juventud la que, históricamente, al comprender que el devenir presente no les ofrecerá futuro alguno, ha podido remoralizar y motivar a sus mayores, haciendo revoluciones en el progreso humano.

Todavía más provocadora puede resultar la imagen de Benjamin Franklin, a sus 80 años, rodeado de estos jóvenes revolucionarios durante la guerra de Independencia y la Convención Constitucional. Esos jóvenes estaban concretando el trabajo de su vida, tal como hoy el Movimiento de Juventudes Larouchistas promete concretar el trabajo de LaRouche.

Antes de abordar de forma más directa la lección general que se desprende de esta realidad, permítanme presentarles a "la juventud".

La juventud revolucionaria de Franklin


Alexander Hamilton

De todos los jóvenes que libraron y dirigieron la Revolución Americana, ninguno fue más influyente que Alexander Hamilton. Nacido hijo ilegítimo en la isla de Nevis en las Indias occidentales, Hamilton pasó su infancia en la pobreza y la inestabilidad, por decir lo menos, pero una red de presbiterianos revolucionarios de Nueva Jersey lo "recogió" y lo trajo a las colonias americanas en 1772 para darle una educación. Los círculos que patrocinaron a Hamilton giraban en torno al hervidero revolucionario de la Universidad de Nueva Jersey, que luego, en 1896, dio origen a la Universidad de Princeton. En ese entonces la dirigía el reverendo emigrado escocés John Witherspoon, quien, entre otras cosas, introdujo en Princeton la enseñanza de los experimentos de Benjamin Franklin. Se da la circunstancia —¡vaya ironía!— de que la Némesis de este grupo de Nueva Jersey era el gobernador monárquico, e hijo ilegítimo de Franklin, William.

Tras prepararse un año —estudiando y dominando el griego, el latín, las matemáticas, entre otros requisitos—, Hamilton pretendía matricularse en Princeton. Pero cuando le negaron el derecho a estudiar a su propio ritmo, optó en cambio por la King's College (hoy Universidad de Columbia) de Nueva York, donde se matriculó en 1773. Para el otoño de 1774, cuando el fervor revolucionario corría por las colonias a raíz de los enfrentamientos entre los británicos y los Hijos de la Libertad de Boston, el joven Hamilton empezó a escribir y a hablar a favor del movimiento revolucionario. Su primer pasquín completo, publicado bajo un seudónimo, apareció en diciembre de 1774. Se titulaba "Reivindicación completa de las medidas del Congreso", y presentaba una defensa de las medidas de no importación que el Congreso había adoptado contra los productos británicos en tanto no levantasen el bloqueo contra el puerto de Boston.

Hamilton le imprimió a sus primeros escritos una pasión tanto filosófica como revolucionaria, así como los primeros indicios de la comprensión del estadismo y la economía que más tarde guiaría su trabajo en la lucha por la Constitución de los EU y las políticas económicas del Sistema Americano en la nueva nación. A sus 19 años, ponía en juego las razones de la ley natural, de la libertad y del gobierno por consentimiento de los gobernados, en oposición a la política imperial británica, empeñada en mantener a las colonias americanas como tierras atrasadas y fáciles de saquear. El asunto, decía Hamilton, era el de la libertad versus la esclavitud. Si los colonos aspiraban a un futuro, tenían que librarse del yugo británico.

El joven Hamilton nunca terminó sus estudios. En enero de 1776 lo convocó la milicia, y combatió en las batallas del año siguiente, desempeñando incluso un papel destacado en la batalla de Trenton, Nueva Jersey, la Navidad de 1776. En enero de 1777 pasó a ser un destacado edecán del general George Washington. El resto de su historia —incluyendo el papel decisivo que desempeñó en la puesta en marcha de la Convención Constitucional, ganando la batalla por su ratificación y en estableciendo el sistema económico del país como su primer Secretario del Tesoro— es bien conocida.

Ahora pasemos a dos jóvenes que Franklin reclutó en el extranjero: el revolucionario irlandés Mathew Carey, y el noble francés y revolucionario marqués de Lafayette. Carey, a quien expulsaron de Irlanda por "difamar a los británicos" cuando resucitó la propuesta de Jonathan Swift sobre las manufacturas irlandesas, conoció a Franklin y a Lafayette en Francia en los 1780, y le hizo propaganda a la Revolución Americana en Europa, hasta que lo forzaron a emigrar a América. Llegó recomendado por Franklin, y se estableció en Filadelfia, donde se dedicó a publicar, en particular en apoyo a las ideas económicas nacionalistas de Alexander Hamilton.


Mathew Carey

El joven Lafayette llegó a América en julio de 1777, a los 20 años de edad, donde se enroló como voluntario, sin sueldo, en el Ejército americano. Ahí permaneció hasta la Batalla de Yorktown. Regresó entonces a Francia con la idea de reproducir allí el experimento republicano americano, pero él y sus aliados, como Jean Sylvain Bailly, fueron derrotados por las estratagemas de los agentes británicos.

Entre los jóvenes revolucionarios directamente inspirados por Franklin también debemos mencionar a John Quincy Adams, hijo de otro revolucionario que más tarde sería presidente, John Adams. Aunque era demasiado joven para participar en la guerra revolucionaria, a la edad de 20 John Quincy ya participaba en la batalla intelectual. En 1787 escribió una importante defensa de la Constitución.

Más que ningún otro miembro de este revolucionario movimiento de juventudes americanas, John Quincy Adams se dedicó a dominar los principios filosóficos necesarios para gobernar una república dedicada al mejoramiento del individuo. Cuando su padre lo llevó a Francia a fines de los 1770, se benefició de una educación influenciada por el colega diplomático de su padre, Benjamin Franklin. Dominaba el francés, el alemán, el latín y el griego, y después aprendió holandés y ruso mientras cumplía misiones diplomáticas en los Países Bajos y en Rusia. Tradujo a grandes poetas, tales como Federico Schiller. ¡Recibió su primera misión diplomática a los 14 años de edad!, cuando fungió como secretario del representante americano en Rusia, en 1781.

Más adelante en su carrera política, en la que participó en el Senado y en la Cámara de Representantes, además de desempeñarse como secretario de Estado y Presidente, John Quincy empleó sus dotes y visión intelectuales para definir una política exterior republicana basada en los principios del Estado nacional soberano. Fue también durante su presidencia que los EU hicieron grandes avances en la promoción del desarrollo de la infraestructura y la ciencia.

Los virginianos

El otro grupo de líderes del movimiento de juventudes revolucionarias que nos legaron estos Estados Unidos de América vino de Virginia, y también desempeñó un papel significativo en la formación de las instituciones principales de nuestra nación.

James Madison, por supuesto, hizo equipo con Hamilton para crear la Constitución, además de hacer una contribución vital en la batalla por su ratificación en Virginia, donde había una oposición considerable. Madison era bien conocido como un elocuente defensor del nuevo Gobierno federal.

Luego estaba James Monroe, un joven virginiano que desempeñó un importante papel en la guerra revolucionaria como miembro del estado mayor de George Washington. Monroe estuvo en el campamento de Valley Forge, y después de la guerra fue congresista. Aunque en un principio se opuso a la Constitución federal, se convirtió en senador de los EU, después en diplomático, luego en gobernador de Virginia y, por último, entre 1826 y 1824, en presidente de los EU. Durante su presidencia, Monroe restableció el Banco Nacional y las políticas del Sistema Americano de Hamilton. En política exterior se le recuerda, por supuesto, por la doctrina de una "comunidad de principios" de John Quincy, sancionada y promulgada en su nombre (la Doctrina Monroe).


James Monroe

Por último, debemos mencionar a John Marshall, también parte del estado mayor de Washington durante la guerra.

Semanas después de la Batalla de Lexington, John Marshall, a sus 19 años, asumió la conducción de la primera reunión de la milicia del condado de Fauquier, en Virginia, enseñándole a los participantes el manual de armas, y organizándolos políticamente para la guerra inminente. En septiembre de 1775 los milicianos de Fauquier, en número de 100, se unieron a los de otros condados para formar a los Culpeper Minutemen (milicianos del condado de Culpeper), que pronto recibieron órdenes de marchar hacia Williamsburg. El 9 de diciembre de 1775 le inflingieron una derrota decisiva a los británicos en la Batalla de Great Bridge, la primera de la Revolución en territorio de Virginia.

Durante los cuatro años que siguieron a la Declaración de la Independencia, incluyendo el invierno de Valley Forge, Marshall formó parte del Ejército Continental. Esto influyó profundamente su perspectiva nacionalista. Al igual que Hamilton, era de la opinión de que hacía falta un gobierno nacional fuerte.

Más tarde, Marshall participó en el Congreso y como secretario de Estado, pero sus contribuciones más duraderas las aportó en sus 35 años como presidente de la Corte Suprema de Justicia, puesto que asumió en 1801. Las decisiones cruciales de Marshall a menudo reforzaron, si no es que establecieron, los poderes del Gobierno federal en la promoción del bienestar general de la nación.

Si bien la calidad de las contribuciones intelectuales de los virginianos no resultó ser del mismo orden que las de los jóvenes que reclutó Franklin, si[ACUTE] desempeñaron papeles decisivos.

¿Por qué un movimiento de juventudes?

¿Por qué Benjamin Franklin y sus jóvenes colaboradores se abocaron a la tarea de reclutar un movimiento de juventudes para lograr establecer la República Americana? ¿Tuvo que hacerlo?

Casi no hay duda de que tuvo que crear ese movimiento, y por razones muy parecidas a las que hoy le exigen a Lyndon LaRouche hacer otro tanto.

Cuando Franklin alcanzó la "mayoría de edad política" y siguió el camino que sus patrocinadores intelectuales, como Cotton Mather, le trazaron, se topó con una situación de creciente aislamiento. La red internacional de leibnizianos que estuvo trabajando en Europa y los EU se debilitó de forma significativa a la muerte de su benefactora, la reina Ana de Inglaterra, y con la creciente degeneración de las monarquías europeas. Tampoco era algo seguro el restringir su organización al continente americano, porque ni los británicos ni los franceses, o siquiera los españoles, dejarían en paz a las colonias. De hecho, en el siglo 18, cada década que pasaba los británicos imponían restricciones cada vez más duras, como lo ejemplifica la ley sobre el hierro de 1750, que dejó claro que no permitirían la industrialización en la margen occidental del Atlántico.

Luego, tras las guerras contra los franceses y los indios americanos —que en realidad fueron las guerras entre los franceses y los británicos en territorio americano—, los británicos decretaron en 1763 que los colonos tenían prohibido colonizar territorio alguno más allá de los montes Apalaches. Se trataba de mantenerlos en una continua dependencia de la madre patria, y de que se contentaran con desempeñar el papel de proveedores de materias primas para el núcleo del Imperio.

En 1753, con su "Plan de Unión de Albany", Franklin intentó unir a las colonias, pero sus esfuerzos los sabotearon elementos monárquicos que estaban convencidos de que una unidad de ese tipo, incluso nominalmente bajo la Corona británica, tarde o temprano llevaría a los americanos a desarrollar la idea de una existencia nacional, y a la independencia. El concepto de desarrollo de Franklin —que involucraba el fomento de las invenciones y las manufacturas, el crecimiento poblacional y el comercio— era ya bien conocido para los imperialistas, y estaban decididos a no permitirle avanzar.

Pero el problema de Franklin obviamente no eran solamente los británicos. No pudo movilizar suficientes fuerzas dentro de su propio país incipiente como para presentar un frente unido y poderoso contra Londres. Aunque a muchos de sus conciudadanos les irritaban las medidas de control de los británicos, incluyendo el aumento de los impuestos, creyeron "seguir la corriente" lo bastante bien como para no armar un escándalo. Después de todo, desafiar la prerrogativa real conllevaba el riesgo de la pena capital por traición. Si ibas de lanzarte en serio a la pelea, tenías que estar deveras convencido de que valía la pena morir por ello.

Las fuerzas que de verdad emprenderían la batalla contra el control imperial británico debían ser una nueva generación, la juventud.

La victoria de los derechos inalienables


En este detalle de la pintura, "Washingtonpreside la Convención Constitucional",
de Howard Chandler (1940), Washington aparece de pie a la derecha, mientras Hamilton,
sentado a la izquierda , se acerca para hablar con Benjamin Franklin.

Los observadores fiables contemporáneos nos han legado dos evaluaciones aparentemente contradictorias de la población colonial de Norteamérica en el período de 1774–1789. Por una parte, dirigentes como John Adams informaban que la revolución contra la monarquía británica —y el sistema de dominación arbitraria que representaba— ya estaba decidida en las mentes y corazones del pueblo desde antes de dispararse el primer tiro. Por la otra, también era claro que sólo una proporción muy pequeña de la población estaba hecha a la idea de desarticular su vida, y la de su familia, integrándose a un movimiento abiertamente revolucionario.

No obstante, no sólo se lanzó la Revolución, sino que se consolidó en el establecimiento de un Gobierno nacional dedicado al bienestar general, mediante la adopción de la Constitución de los EU. ¿Cómo sucedió?

Un movimiento dirigido por la juventud aportó el ímpetu para la batalla. En ningún caso es más claro esto que en el de Alexander Hamilton, quien, trabajando con otros jóvenes y revolucionarios de la ciudad de Nueva York, mantuvo un constante estado de movilización de 1774 en adelante. Cuando los monárquicos hicieron propaganda contra las iniciativas del Congreso Continental, fue Hamilton quien escribió los pasquines y artículos que la refutaron. Cuando la Revolución de Washington amenazaba con desaparecer por las deserciones de aquellos que carecían de convicción, no sólo fue un revolucionario de mayor edad como Thomas Paine (nacido en 1737) quien consiguió el apoyo de la población para continuar la lucha, sino también Hamilton y los suyos, que mantuvieron una correspondencia continua y escribieron artículos para que no se impusiera la desmoralización, y derrotara a las fuerzas revolucionarias. Uno de los objetivos principales de Hamilton fue el Congreso mismo, que seguido fallaba en brindar el apoyo necesario al Ejército.

Por supuesto, muchas de las propuestas de Hamilton no fueron aceptadas. Una de ellas fue la que pergeñó en cooperación con otro joven, John Laurens, hijo del presidente del Congreso Continental. En 1777 se reunieron para conversar sobre la idea de formar un regimiento de esclavos, a quienes se les otorgaría su libertad al terminar guerra. Laurens, nativo de Carolina del Sur, propuso comandar el regimiento.

Por desgracia, la propuesta fue rechazada y, en cambio, fueron los británicos quienes movilizaron a las enormes poblaciones esclavas del Sur para sumarlas al Ejército británico a cambio de su libertad. Sólo podemos imaginar cuán diferente hubiera sido la historia de este país si la juventud de Hamilton y Laurens, con sus ideas antiesclavistas, hubiese tenido éxito en sus planes iniciales, llevándolos a la Convención Constitucional con mayor fuerza para arrinconar a las fuerzas pro esclavistas.

Pero, por cada fracaso que sufrió Hamilton, tanto él como otros jóvenes revolucionarios se apuntaron numerosos éxitos: mantener unido al Ejército, ganar batallas decisivas (Hamilton y Lafayette dirigieron al menos dos de las más importantes) y luego libraron las batallas políticas que unieron al país bajo la Constitución.

Es importante señalar, por ejemplo, que Virginia y Nueva York eran los estados más divididos en cuanto a ratificar la Constitución. Los autores de los documentos publicados en El Federalista —en especial Hamilton y Madison, sus abanderados— llegaron a la conclusión de que, aun si dos terceras partes de los estados ratificaban el documento, sin los dos más grandes —New York y Virginia— la Unión resultaría fatalmente débil. De ahí que cada uno de ellos libró una batalla personal para que sus respectivos estados ratificasen, y que Madison hiciera despachar un correo especial a Poughkeepsie, Nueva York, donde tenía lugar la convención estatal, para inclinar la balanza con la noticia de que Virginia había aprobado la Constitución. Aunque los obligaron a agregar una enmienda que contenía una prupuesta de ley de derechos, la convención de Nueva York aprobó la Constitución 30 votos contra 27.

¿Quién más hubiera tenido semejante energía, semejante amplitud de estrategia, semejante intensidad de argumentos, sino un núcleo de jóvenes que comprendieon que sin una Constitución que estableciera instituciones para defender el bienestar general de toda la nación, el sacrificio de la revolución hubiera sido en vano?

No cabe duda que el Movimiento de Juventudes Larouchistas tiene mayor sagacidad intelectual que el de la Revolución Americana original. Apoyándose sobre sus hombros, y sobre los de los últimos grandes dirigentes americanos, como Lincoln y Roosevelt, LaRouche ha hecho incluso más avances fundamentales en la ciencia y el estadismo, y trabajado en educar a la juventud de su movimiento con un rigor, que ni el propio Franklin.

Todo ciudadano americano, sí, y todo ciudadano de este planeta, tiene una deuda incalculable con el movimiento de juventudes que hizo la Revolución Americana, basado en su compromiso de demostrar, como decía Alexander Hamilton, que pueden formarse Gobiernos sobre la base de la razón, y no de la fuerza, y que la forma republicana de gobierno puede prevalecer como modelo para toda la humanidad.


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