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Literatura

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Algunos ejemplos de metáfora


Los grandes pensadores, los grandes poetas y los grandes artistas conocen bien el valor de la metáfora

por J. Carlos Méndez Trujillo

Como lo sabe cualquier persona que haya tratado de comunicarle a otra persona un concepto, una idea compleja o una emoción profunda, las palabras no alcanzan para transmitir completa y exactamente lo que uno quiere comunicar. Por ello se recurre a la metáfora, pues como explica Lyndon LaRouche en "De la metáfora", ésta "es el único medio disponible a las personas mortales para hacer perfectamente inteligible, en forma más o menos adecuada, el objeto mental inefable".

Claro que no es así como se enseña la metáfora hoy en día en las escuelas y universidades. Y si uno recurre al diccionario o a la mayoría de las gramáticas para saber qué es la metáfora sólo encontrará definiciones nominalistas de la misma. Pero la metáfora es algo mucho más importante y profundo que un recurso gramatical o retórico. Los grandes pensadores, los grandes poetas y los grandes artistas conocen bien el valor de la metáfora. Lo sabía Platón, autor de una de las más célebres series de metáforas: la alegoría de la caverna, y lo sabían también Esquilo, Dante, Cervantes, Shakespeare y Schiller, para no hablar del empleo de la metáfora en la Biblia, el libro de los libros, y en los Evangelios.

Quizá la mejor forma de explicar la cuestión —la imposibilidad de comunicar ideas y emociones profundas con las meras palabras, y la necesidad de recurrir a la metáfora— sea ver algunos ejemplos que muestran simultáneamente ambas cosas. Uno de los mejores es la célebre anécdota referida a San Agustín y su empeño en comprender el misterio de la Trinidad, y que constituye una de las más exactas y poéticas metáforas que se hayan creado. Cuéntase que en una ocasión se encontraba San Agustín en la playa reflexionado acerca del misterio de la Santísima Trinidad, cuando de pronto se dio cuenta de que sentado a la orilla del mar estaba un niño sacando agua con una concha y echándola sobre la arena. Preguntóle el santo que qué hacía, y respondióle el niño que estaba cambiando el mar de lugar. San Agustín se sonrió y le dijo: "pero eso es imposible", a lo que el niño replicó: "pues es más fácil que yo cambie de lugar el mar a que tu comprendas el misterio de la Trinidad".

Un ejemplo que muestra explícitamente el problema de comunicar ideas profundas y complejas, y que al mismo tiempo le da la solución más aproximada, precisamente mediante metáforas, lo constituyen los hermosísimos versos finales de El Paraíso, el canto final (XXXIII) de La divina comedia de Dante Alighieri:

En adelante, mis palabras serán más insuficientes para decir lo que recuerdo que las de un niño que bañe aún la lengua en la leche de la madre. No porque hubiese más de un simple aspecto en la viva luz que yo miraba, que siempre será tal como era antes, sino porque mi vista se enriquecía al mirar su apariencia única, conforme cambiaba yo, cambiaba para mí. En la profunda y clara sustancia de la alta luz se me aparecieron tres círculos de tres colores y una dimensión, y el uno parecía reflejo del otro, como el iris del iris, y el tercero parecía un fuego que de los otros dos igualmente procediese. !Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto! Y éste, con respecto a lo que vi, lo es tanto, que no basta con decir "poco". !Oh luz eterna, que sólo en ti existes, sola te comprendes y que por ti, inteligente y entendida, te amas y te complaces en ti! Aquel círculo, que me parecía en ti como luz reflejada, cuando con mis ojos la contemplé en torno, dentro de mí, con su color mismo, me pareció representada nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija en él. Como el geómetra, que se aplica a cuadrar el círculo y no encuentra, pensando el principio que necesita, así estaba yo ante aquella nueva visión; quería ver cómo se adaptaba la imagen al círculo y cómo se inscribía en él; pero no eran para aquello mis almas si no hubiera sido mi mente iluminada por un fulgor que satisfizo su deseo.

A la alta fantasía le faltaron aquí las fuerzas; pero ya giraban mi deseo y voluntad como rueda que igualmente es movida por el amor que mueve el sol y las demás estrellas.

Como habrá visto el lector, estos versos de Dante tienen varios niveles. El problema central es que Dante está en el Paraíso celestial y nos quiere transmitir su impresión intelectual y emocional de ello y no encuentra palabras para hacerlo —él, que tantas conocía—, y nos habla de esa dificultad y nos da una primera metáfora: "...en adelante mis palabras serán más insuficientes para decir lo que recuerdo que las de un niño que bañe aún la lengua en la leche de la madre". Es decir, alguien que aún no sabe hablar.

Y luego siguen esos versos en que nos da una hermosísima y exacta metáfora de la Santísima Trinidad: "... tres círculos de tres colores y una sola dimensión..." La sección se inicia de nuevo con la imposibilidad de expresar lo que quiere con meras palabras: "!Oh cuán insuficiente es la palabra y como es débil para expresar mi concepto!". Y luego, en metáforas, nos aproxima a lo que nos quiere comunicar: "...se me aparecieron tres círculos de tres colores y una dimensión...". Y otra vez la imposibilidad: "!Oh cuan insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto!". Y enseguida otra metáfora para tratar de que imaginemos el grado de dificultad ante el que se encuentra —y que al mismo tiempo nosotros pasemos por él—, ahora mediante una imagen que a la vez era un problema científico crucial irresuelto en su tiempo —lo haría Nicolás de Cusa, muchos siglos después—: "Como el geómetra, que se aplica a cuadrar el círculo y no encuentra, pensando el principio que necesita, así estaba yo ante aquella visión".

Y así, hasta los hermosísimos versos finales.

Una caverna para iluminar

La metáfora sirve para varias cosas, pero sobre todo para comunicarse una mente con otra mente, y para hacer pensar. Como explica LaRouche, "una noción inteligente de metáfora depende de la dialéctica socrática de la negación que expone Platón. A lo que se refiere es a la experiencia de generar un verdadero objeto mental, no una impresión sensible, mediante el proceso de la razón creadora. Así entendida, la metáfora es, por lo tanto, la táctica por medio de la cual dos mentes pueden coordinar el ordenamiento de objetos mentales semejantes, en una modalidad de pensamiento creador solucionador de problemas.... Así entendida, la metáfora es, por tanto, la esencia necesaria del áula de la escuela secundaria".

Un ejemplo adecuado de lo anterior es la alegoría de caverna que Platón nos da en el Libro Séptimo de La República: "Después de esto —añadí—, represéntate la naturaleza humana en la siguiente coyuntura, con relación a la educación y a la falta de ella. Imagínate una caverna subterránea, que dispone de una larga entrada para la luz a todo lo largo de ella, y figúrate unos hombres que se encuentran ahí desde la niñez, atados por los pies al cuello... imposibilitados como están por las cadenas de volver la vista hacia atrás. Pon a su espalda la llama de un fuego que arde sobre una altura a distancia de ellos, y entre el fuego y los cautivos un camino eminente flanqueado por un muro, semejante a los tabiques que se colocan entre los charlatanes y el público para que aquéllos puedan mostrar, sobre ese muro, las maravillas de que disponen. (...) Observa ahora a lo largo de ese muro unos hombres que llevan objetos de todas clases que sobresalen sobre él, y figuras de hombres y animales..."

Platón señala luego que esos hombres que portan los objetos hablan entre ellos, pero que como los cautivos no los ven, sino que sólo ven sus sombras, le atribuirán sus voces a las sombras, confundiendo a éstas con la realidad. La alegoría —cuya esencia dramatizó Cervantes en su extraordinario El retablo de las maravillas— contiene múltiples enseñanzas, a las vez que un método para conocer, como podrá recordar quien la haya estudiado y como podrá saberlo quien la leyere.

Otros ejemplos

La metáfora siempre sirve, mediante sus varios recursos, para hacer pensar, para ejercitar la mente, para desarrollar la capacidad de concentración y la memoria. Sin memoria no es posible crear metáforas, pues el hacerlo requiere en gran medida del "almacén" de imagenes, ideas y emociones que tengamos en la memoria.

A mayor educación metafórica, mayor capacidad de comunicación y de comprensión. Por simple que sea una metáfora, si es verdadera, nos hará pensar más, aunque sólo sea por unos segundos, que la mera información. Un brevísimo ejemplo del buen uso de la ambiguedad, uno de los principales recursos de la metáfora, es la frase con que Cervantes inicia El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." Un mero informador hubiera dicho: "En tal lugar de la Mancha", etcétera, y nos habría dado un dato, una información, pero no habría excitado nuestra imaginación, nuestra mente. En cambio, lo primero que nos suscita Cervantes es la pregunta en qué lugar de la Mancha, y, sobre todo, por qué no quiere acordarse.

Gran creador de metáforas —"Habla el silencio allí, porque no osa/ La voz entrar en tan estrecho estrecho/..."; "la dura lanza de los celos"; "todos mis bienes son soñados"...—, Cervantes es el "raro inventor" capaz de hacer hablar a los perros como en El coloquio de los perros, una novela ejemplar que es toda una metáfora, y es el escritor que sabe referirse, con delicadeza que provoca la sonrisa amable del lector, a cosas tan prosaicas como aquella a la que se refiere cuando Sancho Panza, que va muerto de miedo pero sin quererlo reconocer, se autodenuncia involuntariamente y don Quijote exclama: "Huele, Sancho, y no precisamente a ámbar".

En su estudio sobre la metáfora, LaRouche dice que "cuando una construcción literaria señala directamente un objeto de atención, el tema aparente, al mismo tiempo que expresa una referencia directa o implícita a un objeto diferente, tenemos una ironía literaria. Por lo general, la ironía se expresa, para decirlo de la forma más sencilla, en una de estas tres formas: símil, hipérbole o metáfora". Don Francisco de Quevedo es un gran creador de esta clase de ironías:

Erase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una alquitara medio viva,

érase un peje espada mal barbado;

era un reloj de sol mal encarado,

érase un elefante boca arriba,

érase una nariz sayón y escriba,

un Ovidio Nasón mal narigado.(...)

Pero Quevedo es también el poeta que defiende a su patria de sus propios ciudadanos, como en el Salmo XVII, en el que crea metáforas capaces de conmover al más indiferente y de avivar la llama de todo patriota, y que empieza así:

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

Y es el poeta capaz de crear un soneto como el titulado Amor constante más allá de la muerte, cuyo sujeto principal es la inmortalidad del alma y el hecho crucial de que el ser humano puede trascender la muerte, su propia muerte, lo cual nos transmite a través de metáforas de extraordinaria fuerza y excepcional belleza, en particular la final, que es una de las más hermosas y verdaderas metáforas que se hayan escrito en español: polvo serán, más polvo enamorado.

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta almá mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

Una metáfora sencilla pero verdadera

En una ocasión, conversando sobre el problema de la comunicación de ideas, LaRouche se puso a improvisar y elaboró la que llamó una metáfora sencilla pero verdadera: "Genoveva es una vaca". A primera vista la expresión hace sonreir, pero esta metáfora tiene la ambiguedad necesaria para generar diversas posibilidades de interpretación. Para empezar, ¿quién es Genoveva? ¿Una vaca o una persona? Podría ser, simplemente, que hay una vaca a la que llaman Genoveva. Pero también podría ser que hay una mujer llamada Genoveva que parece una vaca; o que actúa como una como vaca. Lo que importa aquí no es la respuesta en sí, sino el hecho de que la formulación metafórica de una expresión tan sencilla, puede hacernos pensar. Y sonreir.


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